Con­tra una amnis­tía sin memo­ria y un per­dón sin jus­ti­cia

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Con­tra una amnis­tía sin memo­ria y un per­dón sin jus­ti­cia

 

EL PAIS
BORIS MUÑOZ Boris Muñoz es perio­dista vene­zo­lano
16 feb. 2026

 

 

El vier­nes 2 de agosto de 2024, por la mañana, Ken­nedy Tejeda salió de su casa rumbo al comando de la Guar­dia Rural de Mon­tal­bán, en el Estado vene­zo­lano de Cara­bobo, a unos 200 kiló­me­tros de Cara­cas. Bus­caba ave­ri­guar el para­dero de dos jóve­nes de su comu­ni­dad que habían sido dete­ni­dos por mani­fes­tarse con­tra el fraude de Nico­lás Maduro en las elec­cio­nes pre­si­den­cia­les del 28 de julio. Lo reci­bió el guar­dia de turno. Tejeda pre­guntó cuándo debían pre­sen­tarse los mucha­chos ante el tri­bu­nal corres­pon­diente para asis­tir en su repre­sen­ta­ción jurí­dica. El guar­dia le pidió que entrara a la comi­sa­ría y llamó al capi­tán.

“En el pasi­llo, el capi­tán pidió que le entre­gara el celu­lar. Yo me negué. Enton­ces me dijo: ‘Dame tu telé­fono o te quie­bro aquí mismo’. Me volví a negar y arre­me­tió con­tra mí para arre­ba­tár­melo. Yo estaba tra­ba­jando con el Foro Penal en la defensa de los dete­ni­dos y había par­ti­ci­pado como obser­va­dor en las elec­cio­nes. Al ver mis chats en el telé­fono, el capi­tán dijo: ‘¡Ah, pero tú eres escuá­lido [opo­si­tor]! A par­tir de este momento estás muerto”. Fue lo último que oyó antes de per­der la liber­tad. Y así comen­za­ron los 17 meses que pasó dete­nido.

Otro caso es el de J. D., una víc­tima que pre­fiere per­ma­ne­cer en el ano­ni­mato para evi­tar repre­sa­lias. Hace poco menos de un año iba por Cara­cas en su carro cuando fue inter­cep­tado por dos camio­ne­tas sin iden­ti­fi­ca­ción ofi­cial ni pla­cas. Baja­ron hom­bres enca­pu­cha­dos que por­ta­ban armas lar­gas.

Le cubrie­ron la cabeza y lo lle­va­ron a una casa clan­des­tina de deten­ción. Allí estuvo a punto de morir por la falta de medi­ci­nas crí­ti­cas para su salud. Luego fue tras­la­dado al Heli­coide, bajo la cus­to­dia del Ser­vi­cio Boli­va­riano de Inte­li­gen­cia Nacio­nal (Sebin). “Pero como soy un terro­rista muy impor­tante y peli­groso me pasea­ron por otros cen­tros”, dice con humor. “No sufrí cas­ti­gos físi­cos, no fui vejado ni insul­tado, pero, ¿cómo se llama cuando te pri­van del sol durante sema­nas o no se te per­mite comu­ni­carte con tus fami­lia­res?”.

Cua­tro sema­nas des­pués de haber sido excar­ce­lado, rui­dos como el des­li­zarse de la tranca de una puerta o el giro de una llave en una cerra­dura siguen dis­pa­rando su angus­tia. Aún tiene difi­cul­ta­des para dor­mir y se man­tiene medi­cado con ansio­lí­ti­cos. “Estuve inter­nado en un campo de con­cen­tra­ción con aire acon­di­cio­nado y tele­vi­sión. No me gol­pea­ron el cuerpo, pero la psi­que es otra cosa. Se llama tor­tura psi­co­ló­gica”.

En estos días se habla mucho de amnis­tía. Hasta ahora los prin­ci­pa­les ausen­tes en la dis­cu­sión han sido gente como Tejeda, per­so­nas a las que se tragó la tie­rra y vivie­ron lo más oscuro de la dic­ta­dura. O como J. D., que aún no ha recu­pe­rado la noción del tiempo tras incon­ta­bles días en la oscu­ri­dad de una celda. Y, como ellos, otros miles de víc­ti­mas que espe­ran jus­ti­cia.

Sí, hace falta una amnis­tía. Pero sería un error creer que basta con el olvido legal de expe­dien­tes y cau­sas.

Es posi­ble que la Comi­sión Espe­cial para la Con­sulta de la Ley de Amnis­tía desig­nada por la pre­si­denta Delcy Rodrí­guez y la Comi­sión para la Paz y la Con­vi­ven­cia Demo­crá­tica de la Asam­blea Nacio­nal actúen con inten­ción de ali­viar déca­das de con­fron­ta­ción. Pero hasta ahora, los esfuer­zos del cha­vismo en la era pos-Maduro pare­cen orien­ta­dos a una amnis­tía exprés que cie­rre expe­dien­tes entre 1999 y 2025 sin dis­tin­guir res­pon­sa­bi­li­da­des, y que, en la prác­tica, pro­teja a eje­cu­to­res y a la cadena de mando. Tras 26 años de auto­ri­ta­rismo, una amnis­tía así no lle­va­ría a una recon­ci­lia­ción sino que sería una trampa. No hay que olvi­dar que los arqui­tec­tos y per­pe­tra­do­res de la repre­sión eran o son ser­vi­do­res públi­cos paga­dos por el Estado vene­zo­lano. Por ello es crí­tico que se les apli­que la jus­ti­cia.

Vene­zuela nece­sita algo más que un shot de amne­sia para pasar página. Para que haya recon­ci­lia­ción real, la amnis­tía solo puede ser el pri­mer paso. Es ine­lu­di­ble des­man­te­lar el apa­rato repre­sivo que hizo posi­bles his­to­rias como las de Ken­nedy y J. D. y evi­tar un per­dón gene­ral que ampare a quie­nes orde­na­ron, orques­ta­ron y eje­cu­ta­ron vio­la­cio­nes de dere­chos huma­nos.

Las excar­ce­la­cio­nes recien­tes ilus­tran la para­doja del momento. Más de 400 pre­sos polí­ti­cos, de un total supe­rior a 1.000, han salido de las cár­ce­les. Pero la mayo­ría sigue sin ver­da­dera liber­tad. “La excar­ce­la­ción no es una liber­tad plena. Los pro­ce­sos pena­les con­ti­núan con medi­das cau­te­la­res, res­tric­cio­nes a la liber­tad, prohi­bi­ción de salida del país y de hablar con los medios”, explica Gon­zalo Himiob, direc­tor del Foro Penal, orga­ni­za­ción que asiste a pre­sos polí­ti­cos en un pulso cons­tante con la admi­nis­tra­ción de jus­ti­cia del régi­men.

Abo­gado pena­lista y defen­sor de los dere­chos huma­nos, pocos como Himiob cono­cen los plie­gues y grie­tas del sis­tema judi­cial vene­zo­lano. La Comi­sión de Amnis­tía lo invitó recien­te­mente a inter­cam­biar ideas en la Asam­blea Nacio­nal. En las dis­cu­sio­nes emer­gió una frase repe­tida: “Vamos a pedir per­dón, pero uste­des tam­bién deben pedir per­dón. Hay que reco­no­cer que hay víc­ti­mas de un lado y de otro”. El riesgo de esa fór­mula es esta­ble­cer una falsa equi­va­len­cia entre víc­ti­mas y vic­ti­ma­rios con la coar­tada de ace­le­rar las excar­ce­la­cio­nes y dejar atrás el con­flicto polí­tico. Des­man­te­lar el apa­rato repre­sivo requiere mucho más que vaciar par­cial­mente las cár­ce­les. Implica revi­sar y dero­gar el entra­mado que per­mi­tió cri­mi­na­li­zar la disi­den­cia y con­so­li­dar un eco­sis­tema de vigi­lan­cia y miedo.

Mien­tras en Cara­cas se debate el alcance de la ley, en su casa Ken­nedy recuerda Toco­rón. “El periodo que pasé en la cár­cel fue una pesa­di­lla. La comida era pésima y a veces estaba podrida. O venía con basura. Encon­tré uñas, cabe­llos y hasta dien­tes en la comida que nos ser­vían. Un plato muy fre­cuente eran gra­nos mal coci­dos, lo que les pro­vocó apen­di­ci­tis o peri­to­ni­tis a varios reclu­sos. Los cus­to­dios nos daban un trato degra­dante”. Allí, el cas­tigo más fuerte era ser lan­zado en el Tigrito, una celda insa­lu­bre, pen­sada para una per­sona, pero donde haci­na­ban a seis o más. “En rea­li­dad, no había un solo Tigrito, sino tres. En una oca­sión ence­rra­ron a 26 reclu­sos jun­tos. La pri­mera vez que me cas­ti­ga­ron estuve ahí una noche. La segunda, cinco días. No tenía ven­ta­nas ni ven­ti­la­ción. Nos daban solo una bote­lla de litro y medio de agua al día para todos. Si pedía­mos más, nos saca­ban a gol­pes mien­tras nos gri­ta­ban que que­ría­mos pro­vo­car un motín. Pero el cas­tigo más fre­cuente era el ham­bre. Nos hacían pasar ham­bre de manera cons­tante y no podía­mos que­jar­nos por miedo a ser cas­ti­ga­dos. En tres meses perdí 20 kilos”.

Las vías para supe­rar más de dos déca­das de pola­ri­za­ción y repre­sión están lle­nas de obs­tá­cu­los. Uno de los mayo­res es el cas­tigo a quie­nes orde­na­ron, orques­ta­ron y per­pe­tra­ron los abu­sos. La expe­rien­cia com­pa­rada demues­tra que los inten­tos de clau­su­rar el pasado mediante el olvido legal sue­len rea­brirse déca­das des­pués.

Para Tejeda, la jus­ti­cia no es una con­signa de nego­cia­ción, sino algo bien con­creto. “Lo que vivi­mos fue un horror. Sin embargo, como defen­sor de dere­chos huma­nos no puedo que­darme callado. Nues­tro tra­bajo es denun­ciar. Debe­mos qui­tar­nos la mor­daza y no que­dar­nos de bra­zos cru­za­dos. Hay que evi­tar que todo esto se repita. Quiero un país demo­crá­tico y de jus­ti­cia, donde los ami­gos y fami­lia­res pue­dan regre­sar para dar­nos un abrazo y cele­brar la Navi­dad alre­de­dor de una mesa llena”.

J. D. for­mula sus aspi­ra­cio­nes ínti­mas de un nuevo país de otro modo, pero apunta en la misma direc­ción: “El alma de los vene­zo­la­nos está frac­tu­rada. De hecho, el alma que exis­tía antes del cha­vismo se acabó. Hay que crear un alma nueva. Quiero ayu­dar a rete­jer esta socie­dad”. Entre los sue­ños y espe­ran­zas de estas dos víc­ti­mas de la repre­sión cha­vista se juega el sen­tido real de cual­quier ley de amnis­tía y del rena­cer de Vene­zuela.

 

 

 

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Cortesía El Pais